Ágata estaba sentada junto a la  ventana, como cada tarde a las cuatro, antes del té, desde hace cinco años. Nadie sabía qué era lo que miraba; a veces se levantaba y se mordía las uñas. Ese día simplemente miraba, la vista fija al cielo, no la distraían los autos, ni la ambulancia que traía de vuelta a la Señora Dominga que había ido de visita a su casa por el fin de semana, ni los niños de la Señora Georgina que venían corriendo de la mano de su papá en una visita privada, lejos del ambiente extraño de la casa de sanación.

Todas en la sala común, incluyendo a Ágata, vestían túnicas blancas, llevaban el pelo recogido en trenzas que a su vez se recogían atrás de la cabeza ,y usaban zapatillas de lana celeste. Algunas dormitaban en sus asientos, otras veían una teleserie, otras hacían un puzzle que armaban y desarmaban todos los días. Y Ágata miraba al cielo. Las enfermeras ya no hacían caso, el médico se había rendido y había decidido que no era un peligro físico para nadie, mientras se la mantuviera dopada y lejos de la sociedad.

Había llegado al asilo hace cinco años, a la edad de 17, de la mano de una camisa de fuerza y con un palo amenazando sobre su cabeza. Sus padres jamás se vieron por el lugar, ni tíos, ni primos ni abuelos, porque Ágata ya no existía; incluso le habían hecho un funeral, salió en el diario y ella guardó el recorte debajo de su colchón. Un año más tarde murió su madre bajo extrañas circunstancias, dos años más tarde murió su padre saboreando una bala de revólver. La estadía de Ágata en el asilo ya estaba pagada por el resto de su no vida, así que no cambió nada para ella realmente. Y las voces seguían ahí, como siempre.

Al principio las voces la asustaron, como le contó a su siquiatra el día que pudo hablar después de semanas de duchas frías y drogas calmantes. Se escuchaban como una radio dentro de su cabeza, y no las podía apagar; le contaban cosas, a veces vidas completas por pedazos de gente desconocida, otras veces canciones que nunca había escuchado en su vida, siempre voces que parecían no tener mucho sentido y que para entenderse tal vez requerían algún tipo de imagen, así que empezó a imaginárselas y a dibujarlas a los dos años de haber sido internada; eso le valió doble ración de calmantes y triple de sesiones de hipnosis y terapia, pero sólo parecía empeorar. Según las anotaciones del médico, su condición sicótica era tal que alucinaba en estado de hipnosis, y su estado sicótico parecía mucho más profundo en ellas que al estar despierta, por lo que decidió entonces triplicar las ya triplicadas sesiones de hipnosis para poder adentrarse en su mente esquizoide. Dos años más pasaron, y su condición sólo empeoró, ya que ahora no sólo voces la atormentaban si no que también imágenes nítidas de escenas, incluso bailes de personas como si estuvieran ahí mismo con ella; el mundo real desaparecía y quedaba perdida dentro de su alucinación.

Ese día en la mañana le contó algo distinto al médico: a las voces y las imágenes añadió seres de otros planetas. "Sé que están ahí, mandan saludos", le contó, "fue lo primero que me dijeron las voces hace cinco años" el médico tomaba nota "las primeras voces explicaban unidades de números, cosas matemáticas y de ciencia que no tienen sentido para mí" le explicó "¿no me cree verdad?, nunca me ha creído, pero ya va a ver, algún día van a venir por mí, tienen naves espaciales y pueden viajar en el tiempo"  recordó que tenía grabada en alguna parte la narración de hechos sobre viajes en el tiempo y otras cosas sin sentido  que había alegado haber visto, y la mención de lugares inexistentes, países inexistentes, personas inexistentes... claramente su estado sicótico era mucho más profundo de lo que pensaba, tal vez era hora de recluirla en su dormitorio para siempre, y por su puesto doblar la dosis de medicación; apretó el botón de su escritorio, y llegó un enfermero con una jeringa. "Se llama Tierra" le dijo "la única diferencia es que el cielo es azul, y acá morado". "Llévensela", dijo el médico," dejen que disfrute su última tarde libre en la sala común".